Si una maquina del tiempo apareciera una tarde cualquiera y las locas hermanas Cravell pudiesen regresar por un instante al pasado, estoy segura a donde elegirían volver.
Ese día serían niñas nuevamente. Niñas tercas, dispuestas a pelear hasta los gritos por la casa de muñecas.
Angie y Verónica volverán a tener alma. Por un rato nada más. Entraran por la abertura a la gran casa de madera blanca con sus falsas tejas rojas, y tomarán el té. Quizás elijan el de tilo o porque no el de jazmín. Hablaran de maridos abatidos que nunca llegan temprano del trabajo y de hijos revoltosos, eternamente enamorados del verano.
Angie callará la envidia ante los rubios cabellos de Verónica. Observará sonriente esa piel de luna plateada y frotará la extraña cicatriz de su espalda que reza “made in china”. Maldecirá su suerte y a sus escasos cabellos castaños que nunca puede peinar bien.
La tetera se irá desaguando, de a poco, y la tarde, vestida de color de rosa, se despedirá por la ventanita de la casa.
Las locas hermanas Cravell caminan por ahí, ocupadas con la vida, enredadas en otros juegos, muy lejos de la casita de madera blanca.
Y las muñecas duermen. Esperan la llegada de una niña que sople otra vez alma a esos cuerpos plásticos. Que las mueva por el aire dando voces y palabras. Otra oportunidad para tomar el té. |